Ruta por la Riviera Albanesa: Playas, Búnkeres y Qué Ver de Saranda a Vlorë

© Marie Volkert via Unsplash

Hay costas que parecen haber nacido de un acuerdo secreto entre el tiempo y el olvido. La Riviera Albanesa es una de ellas: 120 kilómetros de acantilados calcáreos, calas resguardadas y playas de guijarros donde el mar Jónico rompe con la parsimonia de quien sabe que no tiene prisa. Entre Saranda y Vlorë, la sinuosa carretera SH8 traza una línea que conecta pueblos donde las redes de pesca aún marcan el ritmo de las mañanas y donde los búnkeres de hormigón —herencia fantasmal del régimen comunista— se han convertido en miradores improvisados, testigos silenciosos de una historia que no se cuenta a gritos.

Albania sigue siendo ese destino que muchos buscan cuando el Mediterráneo consagrado pierde su gracia original. No hay aquí resorts que saturen el horizonte ni precios que disuadan al viajero independiente. Hay, en cambio, tabernas donde la abuela decide el menú del día, ruinas helénicas que emergen entre la vegetación y una hospitalidad tan genuina que desarma cualquier cinismo viajero. Es el Mediterráneo que creíamos perdido, esperando a que alguien se atreva a salir del mapa convencional.

Un litoral forjado por capas de historia

Hablar de la Riviera Albanesa es hablar de estratos. Bajo la luz del presente se adivinan civilizaciones superpuestas: ilirios que dominaron estas tierras antes de Cristo, colonias griegas que dejaron teatros y templos, el largo dominio otomano y, más recientemente, las décadas de aislamiento bajo Enver Hoxha, cuyo régimen sembró el territorio con cerca de 700.000 búnkeres. Muchos salpican esta costa como esculturas involuntarias del siglo XX, recordatorios de una paranoia colectiva que hoy los albaneses observan con mezcla de resignación y humor negro.

Ese aislamiento, paradójicamente, preservó un litoral virgen. Mientras Croacia y Grecia se entregaban al turismo de masas, Albania permanecía cerrada hasta los años noventa, congelada en una cápsula del tiempo. El resultado: aguas cristalinas, bosques de pinos que descienden hasta el mar y pueblos de piedra anclados en otra era. Hoy, la costa entre Saranda y Vlorë emerge como alternativa económica y auténtica, pero con una condición: no perder su alma en el proceso.

Las paradas que no se negocian

Saranda: la puerta luminosa al sur

Si llegas desde Corfú —cuya silueta se distingue desde el paseo marítimo—, Saranda será tu primer encuentro con Albania. Esta ciudad portuaria combina el bullicio veraniego con un desenfado que invita a quedarse más de lo planeado. Cafeterías frente al mar, mercados de pescado donde aún se regatea con simpatía, un ritmo que oscila entre la pereza mediterránea y la efervescencia balcánica. Pero el verdadero tesoro está a pocos kilómetros tierra adentro: Butrint, yacimiento arqueológico Patrimonio de la Humanidad donde se superponen capas griegas, romanas, bizantinas y venecianas como páginas de un libro que nadie cerró del todo. Pasear entre su teatro antiguo, el baptisterio con mosaicos originales y las murallas cubiertas de hiedra es recordar que esta costa ha sido siempre una encrucijada, un lugar donde los imperios dejaban huella antes de seguir su camino.

Ksamil: cuando el Jónico se viste de postal

Al sur de Saranda, Ksamil seduce con aguas turquesas tan transparentes que los botes parecen flotar en el aire. Sus islotes cercanos —tan próximos que se puede llegar nadando— le dan un aire caribeño inesperado en pleno Mediterráneo. Es, sí, el lugar más turístico de la zona, pero conserva una escala humana que lo salva del colapso. Aquí conviene detenerse antes de adentrarse en el tramo más salvaje de la Riviera, ese donde la civilización se retira y la naturaleza recobra sus derechos.

Gjipe Beach: el premio al final del camino

Hay playas que se ganan con esfuerzo, y Gjipe es una de ellas. Escondida entre dos cañones que la protegen como guardianes pétreos, se accede tras media hora de caminata desde la carretera o en barco desde Himarë. La recompensa: una bahía estrecha flanqueada por acantilados verticales donde el único sonido es el de las olas contra los guijarros. No hay chiringuitos ni sombrillas industriales, solo naturaleza en estado puro y algún campista que planta su tienda bajo las estrellas. Es el tipo de lugar que hace que uno reconsidere sus prioridades vitales.

Himarë: pueblo de dos almas

Himarë vive una dualidad pacífica. La parte baja, junto al mar, ha crecido con apartamentos y hoteles modestos que responden a la demanda turística. La alta, el Kastro, conserva callejuelas empedradas, casas de piedra que resisten el paso de los siglos y vistas panorámicas que justifican cada minuto del ascenso. En sus tabernas sirven byrek recién horneado y pulpo a la parrilla mientras los lugareños conversan en griego —lengua viva en esta zona de fuerte herencia helenística—, mezclando tiempos verbales como quien mezcla tradiciones sin que ninguna pierda su esencia.

Dhërmi: el equilibrio perfecto

Si hubiera que elegir una base de operaciones, Dhërmi sería candidata firme. Su playa principal es amplia y bien equipada, pero basta con caminar hacia el norte para encontrar calas más íntimas donde el silencio recupera protagonismo. El pueblo alto, con sus iglesias ortodoxas y tejados rojos, ofrece alojamiento con encanto y precios que siguen siendo razonables incluso en temporada alta. Es ese tipo de lugar que no necesita esforzarse: su belleza es natural, casi negligente.

Paso de Llogara: donde el paisaje cambia de registro

Entre Dhërmi y Vlorë, la carretera asciende al Parque Nacional de Llogara, puerto de montaña que supera los mil metros de altitud. Aquí, pinos negros y hayas configuran un paisaje alpino que contrasta con el azul intenso del Jónico, visible allá abajo como una promesa líquida. Las vistas desde el mirador son de esas que silencian conversaciones. También es punto de despegue para parapentistas que buscan perspectivas aéreas de toda la Riviera, esa sensación de volar sobre el mapa antes de volver a recorrerlo por tierra.

Vlorë: cierre urbano con peso histórico

Vlorë clausura la ruta con perfil más urbano. Ciudad portuaria e industrial, fue el escenario donde Albania proclamó su independencia en 1912, dato que los lugareños mencionan con orgullo discreto. Su paseo marítimo es animado, con restaurantes de mariscos donde el pescado se elige mirándolo a los ojos y heladerías que hacen del gelato un argumento convincente para quedarse un día más. Desde aquí se puede continuar hacia el norte, rumbo a Berat —la ciudad de las mil ventanas— o hacia la Laguna de Karavasta, donde flamencos rosados reescriben la idea del Mediterráneo.

Cómo y cuándo adentrarse en la Riviera

La mejor ventana temporal se abre entre mayo y junio o en septiembre, cuando las temperaturas son amables y los pueblos mantienen su autenticidad intacta. Julio y agosto concentran la mayor afluencia, especialmente de albaneses y kosovares de la diáspora que regresan como ríos a su fuente.

Llegar es sencillo: el aeropuerto de Tirana conecta con las principales capitales europeas, y desde allí se puede alquilar un coche o tomar autobuses hacia Saranda o Vlorë. También está la opción del ferry desde Corfú, un trayecto de apenas media hora que convierte la llegada en acto simbólico: cruzar una frontera por mar siempre tiene algo de aventura condensada.

Para moverse, el coche de alquiler es indiscutible. La SH8 está en buenas condiciones, pero exige atención en curvas cerradas y adelantamientos creativos. La conducción albanesa es… digamos expresiva, así que la prudencia resulta compañera recomendable. El alojamiento varía desde casas rurales en los pueblos altos hasta pequeños hoteles boutique junto al mar, todos con precios que aún sorprenden por su cordura.

La mesa albanesa: influencias sin complejos

La cocina de la Riviera refleja su geografía emocional: influencias griegas, turcas e italianas fundidas en platos que no necesitan artificio. El tave kosi —cordero al horno con yogur— es clásico nacional; el byrek, empanada de hojaldre que se encuentra en cualquier panadería, admite rellenos de queso, espinacas o carne; y el pulpo a la parrilla, servido con aceite de oliva local y limón, funciona como mantra en los pueblos costeros.

Los mercados de Saranda y Vlorë ofrecen frutas, verduras y pescado fresco a precios que hacen dudar de la conversión monetaria. Y el raki —aguardiente de uva o ciruela— acompaña las sobremesas como gesto de bienvenida y despedida, pequeño rito que convierte la comida en conversación y la conversación en amistad provisional.

Más allá de la costa: rutas que amplían el mapa

Desde la Riviera es fácil expandir el viaje hacia el interior. Gjirokastër, ciudad de piedra Patrimonio de la Humanidad, está a hora y media de Saranda. Su castillo domina el valle y sus casas otomanas parecen desafiar la gravedad con elegancia temeraria. Berat, al norte, ofrece el barrio de Mangalem y su ciudadela habitada, laberinto vertical donde perderse resulta placentero. Y para quienes prefieren montaña, los Alpes Albaneses en el norte despliegan senderos de altura y pueblos como Theth o Valbona, donde el tiempo transcurre a otro ritmo, casi pre-industrial.

El detalle que desarma: hospitalidad como código de honor

Albania guarda peculiaridades que desarman. El gesto de asentir significa «no» y negar con la cabeza significa «sí», confusión inicial que forma parte del encanto. Los búnkeres comunistas no son solo vestigios: algunos se han reconvertido en bares, museos o alojamientos alternativos. En Tirana, Bunk’Art transforma uno de ellos en museo que explora la historia reciente del país sin dramatismo innecesario.

Pero lo que más sorprende es la hospitalidad albanesa, encarnada en el concepto de besa: código de honor que implica proteger al huésped por encima de cualquier otra consideración. No es retórica de folleto; es algo palpable en cada invitación a compartir mesa, en cada café ofrecido sin esperar nada a cambio, en esa manera de hacer sentir al extranjero como invitado de honor y no como cliente anónimo.

El Mediterráneo que aún respira sin filtros

Recorrer la Riviera Albanesa es asomarse a un Mediterráneo que creíamos extinto. No hay resort que uniforme la experiencia ni selfie que capture su esencia completa. Hay, en cambio, caminos que serpentean entre montañas y mar, pueblos que conservan su alma sin esfuerzo y playas donde el silencio aún es posible.

Es un viaje para quienes prefieren descubrir antes que consumir, para quienes valoran la autenticidad por encima de la postal perfecta. Albania no necesita maquillaje: su belleza es cruda, honesta, y por eso mismo irresistible. La Riviera espera, paciente, a que más viajeros se atrevan a salir del mapa convencional y se dejen sorprender por lo que no esperaban encontrar.

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